Premio para Ignacio Mastroleo

Ignacio recibe el premio de manos de José Mainetti

Solemos no darnos cuenta, en el instante mismo en que eso está ocurriendo, de que a lo largo de la vida se nos van otorgando diversas bonanzas, goces y privilegios. Organizados para la persecución de satisfacciones rápidas, del éxito pronto, de la “vida líquida”, solo vemos estas bonanzas tiempo después, cuando ya son parte de nuestra historia. Debo confesar que esto me ocurrió cuando comenzamos, hace 6 años, con el desarrollo del Programa de Educación Permanente en Bioética[1], que me depararía unas cuantas sorpresas. Como docente universitario que apreciaba las ventajas y riquezas de la interacción personal con las/os estudiantes, temía que el medio electrónico resultara algo frío, sin perspectivas de interacción afectiva, casi diría limitado al texto de la letra impresa en la pantalla. Una especie de páramo pedagógico, seco y formal… Para mi gran sorpresa y alegría, la experiencia de estos seis años ha sido totalmente distinta, y me ha llevado a la conclusión de que lo que había era un límite personal, basado en prejuicios sobre ciertos medios que, en realidad, no conocía pedagógicamente al no haber nunca ejercido la docencia en ellos[2]. Con la práctica de la docencia on-line se fué aguzando la percepción de mensajes y metamensajes, de estilos de pensamiento y estados de ánimo, en fin, de la rampante humanidad de la comunidad pedagógica que cada grupo formaba. Y pudimos, no solo comunicarnos, sino también forjar amistades que aún perduran. El afecto, el rigor intelectual, la ironía, el consuelo, la hospitalidad, la colaboración, y tantos otros rasgos cálidos que configuran colectivos de pertenencia, se fueron desplegando con riqueza, abiertos a una lectura atenta de los intercambios en la pantalla de nuestras computadoras. La hostilidad, que debe haber estado necesariamente presente como en todo grupo humano, quizás se haya expresado más a través del silencio, la no participación, que a través de mensajes confrontativos. Pues hubo debate, y por cierto vivo, pero no recuerdo que acompañado de confrontación personal o encono.

Decía más arriba, en una especie de ejercicio borgeano, que azarosamente a uno le son otorgados bonanzas, goces y privilegios. Pues bien, participar en el PEPB ha sido para mi todo eso, entre otras cosas, pues me ha permitido conocer y apreciar personas con las que, de otro modo, posiblemente no  hubiera llegado a estar en contacto. Una de esas personas es Ignacio Mastroleo, verdadero “scholar” dedicado a la investigación filosófica. Compartimos el espacio de la primera cohorte del curso de ética en investigación, un grupo excepcionalmente dedicado a pensar en serio[3], pero manteniendo un invariable nivel de chanza afectuosamente irónica, entre Kant y la caza de variados snarks que aparecían en el horizonte…  Ignacio, Nacho, es uno de esos espíritus inquisitivos, ávidos, curiosos, que se deleitan en la búsqueda de correlaciones, inferencias y explicaciones de los hechos del mundo, actitud filosófica por excelencia. También es un prolijo desmenuzador de argumentos, tarea tan necesaria para nuestra bioética vernácula, muchas veces más cercana a la argumentación social que al análisis detallado de tesis internacionales que gozan de cierto prestigio, por cierto poco discutido, como la de la explotación consensuada y mutuamente beneficiosa.

Por eso, me llenó de alegría enterarme de que

“El 23 de Junio, se realizó el acto en el que se dieron a conocer los ganadores del “Premio Anual de Bioética 2011 – Bioética de la Investigación en Salud” otorgado por la Fundación Dr. Jaime Roca. Ignacio Mastroleo obtuvo el primer premio con su trabajo “Justificación de la obligación de continuidad de tratamiento  beneficioso para los sujetos de investigación: análisis crítico del  modelo bienestarista ético de Alan Wertheimer”. El jurado estuvo conformado por José Alberto Mainetti, María Luisa Pfeiffer y Juan Carlos Tealdi. En el trabajo premiado se discute y critica el modelo ético de Alan Wertheimer aplicado al caso de las obligaciones morales de investigadores y patrocinadores cuando un participante de una investigación biomédica se enfrenta a la amenaza de la interrupción de un tratamiento experimental beneficioso para una enfermedad crónica. El texto es un avance de la tesis doctoral que realiza Mastroleo bajo la dirección de Florencia Luna. http://www.accionfilosofica.com/noticias/noticia.pl?id=246       

No solo Ignacio, sino también muchos otros ex-alumnos del Programa están actualmente ubicados en posiciones destacadas en el ámbito de la bioética latinoamericana. Creo que, más allá de que indudablemente esto se debe a sus méritos personales, los integrantes del equipo del PEPB nos sentimos muy orgullosos de que hayan compartido nuestras aulas virtuales, y de que quizás, aunque solo sea un pequeño atisbo de su espíritu crítico se haya reafirmado en nuestros cursos.


[1] El PEPB comenzó en 2006, con el auspicio de la Redbioética/UNESCO, presidida por Volnei Garrafa, y con la conducción de Susana Vidal, a cuya lúcida energía y permanente dedicación se debe este programa.

[2] Debo agradecer la paciente ayuda y guía de Mercedes Arrieta, a cargo de los aspectos pedagógicos del Programa.

[3] Es injusto mencionar solo a algunos, pero quiero destacar además de Ignacio, a Leila Mir Candal, Elián Pregno y al inolvidable Sergio Cecchetto, cuya prematura muerte nos entristeció a todos, opacando la bioética argentina y latinoamericana. Con todos ellos y muchos más integrantes de la primera cohorte mantenemos una duradera amistad.

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