Desde la colina: los derechos humanos no son para todos

La revelación hecha por Susan Reverby sobre los experimentos de inoculación de sífilis en Guatemala por parte de científicos de USA, ocurrida entre los años 1946 y 1948, requiere una reflexión que se sume a la natural repugnancia e indignación que produce. En el hecho pueden distinguirse dos niveles superpuestos. Por un lado se incribe en la dinámica imperial y excepcionalista de los Estados Unidos, propia de la “ciudad en la colina”[1], colina particularmente empinada en la moral de la posguerra, época en la que USA asume en Nuremberg el carácter de potencia vencedora y regente de la ética internacional. La dinámica excepcionalista, según Ignatieff, incluye tres elementos interrelacionados: el “exencionalismo”, por el cual USA promueve normas internacionales de cuyo cumplimiento se autoexcluye; el uso de doble standard, por el cual se juzga a sí mismo con criterios más permisivos que a otros países; y la negativa a aceptar los derechos humanos en la jurisdicción interna[2]. En cuanto al uso de doble standard Ignatieff afirma que “Estados Unidos se juzga a sí mismo por standards diferentes a los que utiliza para otros países, y juzga a sus amigos por standards diferentes a los que utiliza para juzgar a sus enemigos”. De esto tenemos sobradas pruebas los americanos en la historia de las intervenciones imperiales/coloniales de los Estados Unidos en nuestra región, que consideran hasta ahora su “patio trasero”, y las consecuentes violaciones a los derechos humanos. Si bien el doble standard mencionado por Ignatieff no se refiere específicamente a la investigación con seres humanos, es conocida la insistencia en su aplicación por parte de la industria farmacéutica estadounidense, las autoridades reguladoras, y sus defensores en el ámbito de la bioética.

Por otro lado, existe un claro sesgo clasista y racista que se advierte tanto como por la cercanía temporal y conceptual de Guatemala con Tuskegee, del cual también Cutler fue un ejecutor, como por la continuación de los experimentos en poblaciones de prisioneros en las cárceles de USA[3]. Del doble standard da cuenta el hecho de que en USA el abandono de prácticas bárbaras como las de Tuskegee no se produce por el convencimiento de que era lo que normativamente debía hacerse, al menos a partir de Nuremberg, sino por el descubrimiento debido a la denuncia periodística publicada por el Washington Star y el New York Times y el consiguiente escándalo público, que por cierto no impidió que personajes como Cutler fueran honrados por el establishment académico[4].

Por otra parte, la complicidad de Juan Funes y el Buró Sanitario Panamericano de Salud se enmarcan en la colonialidad del poder y del saber descripta por Quijano[5] en su clásico texto “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”. Las elites burocrático-científicas latinoamericanas (generalmente formadas en USA, como Juan Funes) desempeñaban el rol colonial interno para el que habían sido formadas por los colonizadores, permitiendo así el uso de sus conciudadanos en experimentos abusivos, en flagrante violación, no solo de los derechos humanos, sino también de las reglas promovidas por el país imperial para ser aplicadas por otros, como el Código de Nuremberg. Cabe destacar que estas prácticas, lejos de haber desaparecido, continúan en la actualidad a través del llamado “outsourcing” de la investigación biomédica hacia los países pobres y periféricos en los que las regulaciones de protección hacia las personas involucradas en investigación son más laxas o inexistentes, o de dudosa aplicación en la práctica.

Sirva entonces el triste episodio del experimento de la sífilis en Guatemala para promover la reflexión sobre los roles que desempeña la “ciencia” cuando, en el marco de la colonialidad, se la pone en manos de quienes no solo desprecian la vida humana, sino que consideran que algunas vidas son más valiosas y más dignas de derechos que otras. Sirva también para cuestionar la “ciencia metropolitana” y sus contratistas locales, reclutadores por monedas de nuestras poblaciones para sus investigaciones. Sirva, asimismo, para iniciar una investigación sobre el papel del Buró Sanitario Panamericano y su sucesora la OPS, de la que Cutler fuera director adjunto.

Sirva, finalmente, para que América Latina diga un categórico “nunca más” a la explotación humana disfrazada de ciencia, y se dote a sí misma de una poderosa convicción normativa que proteja a la región de este tipo de aventuras bárbaras.

 Luis Justo


[1] Zinn H (2005). Myths of American exceptionalism. Boston Review, Summer 2005. The notion of American exceptionalism—that the United States alone has the right, whether by divine sanction or moral obligation, to bring civilization, or democracy, or liberty to the rest of the world, by violence if necessary—is not new. It started as early as 1630 in the Massachusetts Bay Colony when Governor John Winthrop uttered the words that centuries later would be quoted by Ronald Reagan. Winthrop called the Massachusetts Bay Colony a “city upon a hill.”

[2] Ignatieff M (2005). American exceptionalism and human rights. Princeton University Press.

[3] Debe mencionarse, sin embargo, que a ningún preso norteamericano se le escarificó el pene como a los guatemaltecos. Dice Reverby “No one was abrading the penises of these American men, even in a prison.”

[4] Cutler fué nombrado Profesor Emérito de Salud Internacional en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Pittsburgh.

[5] Quijano A (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En publicacion: La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas. Edgardo Lander. CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.

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